El efecto Pigmalión

“Trata a una persona como es y permanecerá como es. Trata a una persona como puede ser y podría ser y se convertirá en lo que puede y podría ser”.

Stephen R. Covey



¿Has oído hablar alguna vez sobre el efecto Pigmalión o de la Profecía autocumplida?


El nombre de Pigmalión viene dado por la mitología de la antigua Grecia. Este mismo, era un monarca al que le costaba mucho encontrar a su esposa o mujer ideal para el matrimonio. Tras años y años de búsqueda, nunca obtuvo buenos resultados. A causa de ello, ideó un plan desarrollando esculturas que suplantaran esta presencia femenina para substituir a su mujer perfecta.


Pigmalión, al crear todas aquellas esculturas, acabó enamorándose de una de ellas llamada Galatea. Es entonces, cuando la diosa del amor Afrodita, transformó esta creación en un ser humano. Creando un deseo y una expectativa en realidad.


Aunque, no fue hasta el año 1965 que el psicólogo Rosenthal aplicó este concepto llamado –Efecto Pigmalión– basado en este cuento de la mitología.


Pero ¿Qué es exactamente este fenómeno? ¿De qué trata? Básicamente, podemos definir este efecto como todo aquel fenómeno, en el cual, toda expectativa o creencia de una persona puede influir en el rendimiento de otra o, incluso, en uno mismo.


Este efecto, también conocido como profecía autocumplida, se trata de todo aquel pensamiento predictivo que una persona tiene y emite recurrentemente, el cual, este acaba ocurriendo. Es decir, de tanto pensarlo se ha acabado haciendo realidad, generando así una expectativa que se ha cumplido.


El efecto Pigmalión tiene relación directa. En este caso, una persona tiene una creencia sobre otra persona o sobre sí misma que, sólo por el hecho de existir facilita un comportamiento que hace que esta se termine cumpliendo. ¿Alguna vez has pensado que algo iba a salirte mal y ha sucedido? O por el contrario, ¿Has confiado en tus posibilidades y finalmente han salido las cosas bien?


Esto tiene mucha relación con – el niño que llevamos dentro -. De la manera en la que tus padres o tus mayores te hablaban, suele reflejar la manera en la que actúas y piensas sobre ti en la actualidad. Con esto, no quiero decir que siempre sea así, ya que depende de cada caso y de cada persona, pero es muy probable que si de pequeño, por ejemplo, te decían:


- No llores, venga va, que no ha sido nada. (Quitándole importancia a la emoción).


En cuanto tengas unas mínimas ganas de llorar, de manera inconsciente te repetirás esa frase y acabarás reprimiendo el llanto. Por eso, es tan importante reeducar al niño o niña que llevamos dentro y tener cuidado con los mensajes que le enviamos.

Es por ello que, el lenguaje que hemos ido absorbiendo como esponjas en nuestra niñez debe ir transformándose hacia el lenguaje de la persona que queremos ser.


Por tanto, es muy importante analizar y reflexionar la manera en la que nos hablamos, actuamos y pensamos. Pero ya no sólo cuando se tratan de nuestras propias expectativas, también hemos de tener en cuenta cómo influyen las expectativas de los demás en nosotros. La manera en la que nos hablan y en la que actúan frente a nosotros.


Normalmente, cuando alguien confía en ti y te lo hace saber, tus resultados mejoran. Pues así, se podría aplicar en todos los ámbitos y en uno mismo. Si confías en ti, es más probable que esa confianza te genere bienestar y unos resultados mucho más óptimos o, por el contrario, si te autosaboteas y te envías mensajes negativos, es posible que tus resultados no sean muy positivos.


Y tú, ¿Hasta qué punto te generas expectativas? ¿Estas suelen ser de índole positivo o negativo? ¿De qué manera te hablas?

¿Qué te generan las expectativas de los demás frente a ti?



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