El síndrome del Impostor

El éxito en la vida no se mide por lo que logras, sino por los obstáculos que superas.

Anónimo


¿Cuántas veces has logrado conseguir una meta, un propósito o un objetivo y has pensado: ha sido suerte? ¿Valoras tus éxitos? ¿Eres consciente de cómo consigues lograr lo que te propones? ¿Cómo te relacionas con el fracaso? ¿Sientes que podrías haber dado mucho más?


Hoy vengo a hablarte sobre el Síndrome del Impostor. ¿Lo conocías? También es conocido como el síndrome del fraude. No me suelen gustar las etiquetas, pero, a veces, es importante detectar si estamos sufriendo algún tipo de malestar y, ponerle nombre, puede ayudarnos a gestionar qué nos está sucediendo y cómo poder solucionarlo.


¿En qué consiste exactamente este fenómeno? Cuando hablamos sobre el síndrome del impostor, estamos ante un malestar producido por la incapacidad de asimilar nuestros propios logros. Es decir, hay personas que, a pesar de triunfar, aunque habría que ver qué es el éxito y el triunfo, tienen la sensación permanente de malestar y sufrimiento. ¿Qué quiere decir esto? Pues que, hagas lo que hagas, siempre necesitas más.


A este fenómeno lo relaciono directamente con el perfeccionismo y la autoexigencia. Dos conceptos que pueden, o bien potenciarnos o, normalmente, frustrarnos y querer siempre llegar un pasito más allá. Por tanto, pueden llegar a ser dos enemigos muy limitadores.

Estamos hablando de una tendencia a minimizar y, sobre todo, a subestimar(nos) ante el éxito, ante el logro o ante cualquier meta que hayas alcanzando. Pero, no sólo relacionamos este hecho con el perfeccionismo y la autoexigencia, sino que, además, le sumamos otra enemiga llamada inseguridad.


El síndrome del impostor puede afectar principalmente al área laboral y profesional pero también en todos los demás ámbitos de nuestra vida, como en nuestras relaciones interpersonales e incluso la relación con una misma. Puedes llegar a ser tu peor enemiga.

¿Sientes que nunca estás a la altura de todo lo que consigues? ¿Tienes la sensación de no ser lo suficiente en lo que haces?


En este caso puede que hayan algunas creencias que debamos (des)aprender.


Principalmente cuando creemos que “haga lo que haga, nunca es suficiente”. Y es aquí donde te pregunto ¿Suficiente para quién? ¿En qué momentos de tu vida has tenido que demostrar tu valor? ¿Qué necesitas demostrar(te)?


Tenemos tendencia a que, cuando ya nos ha pasado alguna situación o momento creer que, podríamos haberlo hecho mejor. Pero ¿Desde dónde estás pensando esto? Es decir, en ese momento, en esa situación ¿Qué herramientas tenías? ¿Qué has aprendido de esa situación?

Como te decía, el perfeccionismo y la autoexigencia pueden llegar a ser grandes potenciadores para poder mejorar, crecer y evolucionar como personas, pero ¡ojo! ¿Únicamente pones el foco en lo que podrías haber hecho mejor? Si sólo te enfocas en los errores del pasado, posiblemente tengas una sensación permanente de frustración pero, en este punto, te invito a que puedas ver mucho más allá. El vaso siempre está medio vacío pero también está medio lleno.


Pero además, a estos enemigos también se le suma la comparación. En este caso, antes de introducirnos en el mundo de la comparación como tal, me gustaría preguntarte y que reflexionaras sobre ello. Con especial interés, escribir en relación a la primera pregunta.


¿Cuáles creo que son los momentos o las situaciones en las que tienes la necesidad de compararte con los demás? ¿Crees que es beneficioso o perjudicial? ¿Cuándo te comparas tú?


A pesar de, mayoritariamente, y en función de cómo lo hagamos y desde dónde nazca, la comparación suele ser perjudicial, pero, es cierto que también es casi inevitable. A través de diversos estudios y gracias a las investigaciones de Festinger, desde la psicología social, sabemos que el ser humano se compara con el otro. Esta necesidad nace de la importancia y la creación de la identidad social. Nuestro cerebro, necesita comparar al otro, a nuestro entorno para evaluarnos y ajustarnos a nuestro contexto.


Debemos saber que existen dos tipos de comparaciones:

La comparación ascendente. Es la que hacemos con personas que se desarrollan excepcionalmente bien en la dimensión que estamos valorando. En el caso que la comparación ascendente nos hace pensar y sentir que somos inferiores.


La comparación descendente. Es la que hacemos con personas que se desarrollan de manera más limitada y poco exitosa que nosotros. Normalmente, al saber que una otra persona está en condiciones peores que nosotros en referencia a un ámbito concreto de evaluación, la persona recibe un subidón de autoestima.


¿Qué tipo de comparación usas tú? ¿Para qué te sirve? ¿En que te ayuda? ¿En qué te perjudica?


Voy a proponerte distintos ejercicios para empezar a, dejar de enfocarte únicamente en aquello que podrías haber hecho mejor, y así, amplíes tu mirada y puedas analizar todo aquello que te ha ayudado a llegar donde estás ahora.


Para ello, te invito a que tengas a mano un bolígrafo y papel. Tus mejores aliados para tomar conciencia y perspectiva. Una vez los tengas a mano, te sugiero que puedas escribir qué pensamientos acompañan a ese perfeccionismo y a esa autoexigencia.


¿Los tienes? Ahora, te invito a que puedas cuestionarlos uno a uno. Es decir, si en uno de ellos ha salido la creencia de: Podría haberlo hecho mejor. Pregúntate ¿Realmente en ese momento podía haberlo hecho mejor? ¿Tenía otras opciones? ¿Quién era yo en ese momento? ¿Con qué herramientas contaba?


De esta manera, verás que, ahora esta autoexigencia te hace pensar que podías haber dado mucho más, pero realmente quién eras en ese momento, lo hacía lo mejor que podía y que sabía. Así que, ¡no te creas a tus pensamientos y cuestiónatelos! Eres mucho más que lo que piensas.


Por otro lado, una vez más con bolígrafo y papel, te invito a que puedas escribir una lista con todo aquello que te hace ser quién eres, todas tus fortalezas, habilidades y aquello que valoras de ti. No importa el tiempo que te lleve, pero piensa en aquellos logros que has conseguido a día de hoy y escribe qué hiciste tú para conseguirlos y en qué te ayudó tu fortaleza. No hace falta que sean “grandes” logros, lo importante es que identifiques y observes desde otro punto de vista hasta dónde has llegado gracias única y exclusivamente a ti.


Recuerda: Lo estás haciendo lo mejor que puedes, lo mejor que sabes y de la mejor manera.

Y tú ¿Te exiges o te torturas? ¿Eres consciente de tus logros? ¿Hasta qué punto te valoras?

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