La habitación donde volví a habitarme

No recuerdo exactamente cuándo dejé de mirarme. No hablo del espejo —ese seguía devolviéndome una imagen correcta, funcional—, sino de ese otro mirar que nace por dentro y baja despacio, sin prisa, reconociendo el cuerpo como territorio propio.
Fue una tarde cualquiera. Llovía con esa lluvia fina que no parece importante hasta que empapa. La casa estaba en silencio, ese silencio que no pesa, que acompaña. Él trabajaba en la habitación contigua, la puerta entreabierta, su presencia sin invadir.
Yo me quedé en el dormitorio, sentada en la cama, con una libreta antigua entre las manos. No era un libro erótico. Eran cartas. Cartas que había escrito yo misma hacía años, en otra vida, en otro cuerpo. Palabras que hablaban de deseo, de hambre, de piel. Palabras que había olvidado que eran mías.
Empecé a leerlas sin intención. Y algo se abrió.
No fue un golpe. Fue una rendija. Una…





