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Relatos eróticos

Público·1 miembro

La habitación donde volví a habitarme

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No recuerdo exactamente cuándo dejé de mirarme. No hablo del espejo —ese seguía devolviéndome una imagen correcta, funcional—, sino de ese otro mirar que nace por dentro y baja despacio, sin prisa, reconociendo el cuerpo como territorio propio.


Fue una tarde cualquiera. Llovía con esa lluvia fina que no parece importante hasta que empapa. La casa estaba en silencio, ese silencio que no pesa, que acompaña. Él trabajaba en la habitación contigua, la puerta entreabierta, su presencia sin invadir.


Yo me quedé en el dormitorio, sentada en la cama, con una libreta antigua entre las manos. No era un libro erótico. Eran cartas. Cartas que había escrito yo misma hacía años, en otra vida, en otro cuerpo. Palabras que hablaban de deseo, de hambre, de piel. Palabras que había olvidado que eran mías.

Empecé a leerlas sin intención. Y algo se abrió.

No fue un golpe. Fue una rendija. Una respiración que se alargó. Un calor suave que no pedía nada, solo permiso.


Me quité el jersey. Después los calcetines. No por seducción, sino por necesidad. Como quien se queda descalza para sentir mejor el suelo. La tela rozaba la piel con una intimidad que me sorprendió. Hacía tiempo que no escuchaba así mi propio cuerpo.


Mientras leía, mis dedos descansaron sobre el muslo. Nada más. Pero ese gesto, tan simple, tenía algo de reencuentro. Como si esa mano volviera a casa después de un viaje largo.


Él apareció en el umbral. No habló. No interrumpió. Se apoyó en la puerta y me miró con una atención distinta, silenciosa, abierta. No era una mirada que tomara. Era una mirada que sostenía.

Seguí leyendo.


Las palabras de aquella mujer que fui hablaban de lentitud, de aprender a quedarse, de no correr hacia ningún sitio. Y yo obedecí. Dejé que el cuerpo marcara el ritmo. Dejé que el tiempo se aflojara.

Mi respiración cambió. La espalda se arqueó apenas. Una sensación profunda, densa, empezó a crecer sin nombre.

Él no se acercó. Y ese no acercarse fue, curiosamente, lo que más me encendió.

Porque no había urgencia. Porque nadie me pedía nada. Porque por primera vez en mucho tiempo, el deseo no tenía que responder a nadie más que a mí.


Cerré los ojos. Sentí el peso del cuerpo sobre la cama. Sentí cómo algo se ordenaba por dentro, como si cada parte encontrara su lugar exacto.

Cuando los abrí, él seguía ahí. Más quieto. Más presente. Y en su quietud, yo me atreví a quedarme un poco más.


No hubo palabras. No hicieron falta.

Solo dos cuerpos en la misma casa, respirando distinto. Sólo una mujer volviendo a habitarse. Sólo un testigo que supo no interrumpir.

Cuando todo se calmó, porque se calmó, como se calma el mar después de una marea intensa, cerré la libreta con cuidado. Como quien guarda algo sagrado.


Él se acercó entonces. Me besó la frente. Y en ese gesto entendí algo que no había entendido antes:

Que el verdadero erotismo no empieza en el otro. Empieza cuando una vuelve.

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