Eso que “se siente” pero no se sabe explicar
- Irene Coranti Gutiérrez

- 22 ene
- 6 Min. de lectura
Cuando el cuerpo sabe algo que la mente aún no puede explicar

Intuición: cuando algo en ti sabe antes de que puedas explicarlo
Hay momentos en los que la vida no nos pide argumentos, sino honestidad interna. Momentos en los que algo dentro se mueve, se contrae o se expande, sin que sepamos muy bien por qué. No hay una frase clara, no hay una prueba evidente, pero hay una sensación. A veces es leve, casi imperceptible. Otras, es un ruido interno que no nos deja seguir adelante como si nada.
A eso solemos llamarlo intuición.
Decimos “hazle caso a tu intuición” como si fuera algo sencillo, como si supiéramos exactamente qué es y cómo funciona. Pero en cuanto nos detenemos un poco más, la pregunta se vuelve incómoda:
¿Qué estamos escuchando realmente cuando decimos que seguimos la intuición? ¿Es el cuerpo? ¿Es el corazón? ¿Es la experiencia? ¿O es una historia antigua disfrazada de certeza?
La intuición no llega con palabras
La intuición no suele presentarse como una frase bien construida. No dice “esto es así por estas razones”. Llega antes del lenguaje. Llega como una sensación corporal: un nudo en el estómago, una inquietud difícil de nombrar, una tensión repentina, una calma inesperada.
Por eso nos desconcierta tanto. Estamos educadas para pensar que decidir bien es decidir con argumentos, y la intuición no suele traerlos. Trae sensaciones. Y, en una cultura que valora la razón por encima de casi todo, las sensaciones generan desconfianza.
Sin embargo, la intuición no es irracional. Es rápida. Es una forma de inteligencia que trabaja en segundo plano, leyendo patrones, conectando señales, comparando situaciones actuales con experiencias previas. El problema no es que sea poco fiable; el problema es que no siempre sabemos de qué se alimenta.
El cuerpo recuerda lo que la mente ha olvidado
Nuestro cuerpo es un archivo. No solo guarda recuerdos de hechos, sino recuerdos de climas emocionales, de vínculos, de situaciones en las que aprendimos a protegernos. El cuerpo recuerda cómo fue estar ahí.
Por eso, a veces, una persona nos genera alerta sin haber hecho nada objetivamente peligroso. O una situación nos incomoda aunque “todo parezca estar bien”. El cuerpo reconoce algo familiar antes de que podamos ponerle nombre.
Pero aquí aparece una grieta importante: lo familiar no siempre es lo sano.
Muchas veces, lo que sentimos como intuición no es una lectura del presente, sino una reacción aprendida. Una forma de anticiparnos al dolor porque, en otro momento de la vida, no anticiparnos tuvo consecuencias.
El Pequeño Profesor: cuando la intuición se aprende siendo pequeña
Desde el Análisis Transaccional se habla del Pequeño Profesor para nombrar a esa parte nuestra que, en la infancia, aprendió a observar el mundo con una atención extrema. No pensaba con palabras, pensaba con asociaciones. Con sensaciones. Con imágenes.
Aprendió cosas como:
cuándo callar...
cuándo adelantarse...
cuándo no molestar...
cuándo estar alerta...
Ese aprendizaje fue brillante. Fue una forma de supervivencia. El problema es que esa parte nuestra no entiende de tiempo. No sabe que ahora somos adultas, que tenemos más recursos, que el contexto ha cambiado. Si una situación actual se parece mínimamente a algo antiguo, el cuerpo reacciona igual. Y eso se siente como intuición.
Por eso, muchas intuiciones adultas no hablan del ahora, sino del entonces.
¿Cuándo la intuición nos cuida y cuándo nos encierra?
Hay intuiciones que salvan. Que nos apartan de vínculos peligrosos, que nos alertan de dinámicas dañinas, que nos hacen parar cuando algo no es seguro. Ignorarlas puede tener un coste alto.
Pero hay otras intuiciones que nos devuelven siempre al mismo lugar:
desconfiar de quien es estable,
sentir atracción intensa por lo imprevisible,
huir cuando aparece la calma,
confundir intensidad con conexión.
En esos casos, la intuición no está leyendo el presente, sino siendo fiel a una historia.
Y aquí aparece una pregunta clave: ¿A qué le está siendo leal mi intuición?
Razón y corazón: el falso dilema
A menudo hablamos de decisiones importantes como si tuviéramos que elegir entre dos bandos enfrentados: la razón o el corazón. Como si la cabeza fuera fría y lógica, y el corazón impulsivo y caótico. Como si uno tuviera razón y el otro estuviera equivocado.
Pero esta división es engañosa.
La razón no es neutra. Muchas veces, lo que llamamos “decidir con la cabeza” es decidir desde el guion de vida: desde lo que aprendimos que “toca”, que es correcto, que es sensato, que no da problemas. La razón puede estar profundamente condicionada por mandatos antiguos: no arriesgues, no molestes, no pierdas, no sientas tanto.
Y el corazón tampoco es puro instinto. A veces, lo que sentimos como “seguir el corazón” es seguir una emoción conocida, aunque nos lleve al mismo lugar de siempre.
Entonces, ¿Dónde queda la intuición?
¿Es la intuición el corazón? ¿Es la razón el guion?
Tal vez la intuición no sea ni la cabeza ni el corazón, sino el punto de fricción entre ambos. Ese lugar incómodo donde algo no encaja del todo.
La intuición aparece muchas veces cuando hay incoherencia interna:
cuando la razón dice “esto es lo correcto”, pero el cuerpo se cierra,
cuando el corazón quiere algo que la cabeza descarta por miedo,
cuando lo lógico no nos da paz, y lo deseado nos da vértigo.
En esos momentos, la intuición no nos dice qué hacer. Nos dice: míralo mejor. Algo aquí necesita ser pensado de otra manera.
Quizá la razón esté obedeciendo un guion antiguo. Quizás el corazón esté reaccionando a una herida no resuelta. Quizás la intuición sea la señal de que ninguna de las dos está escuchando al presente.
Cuando no hay coherencia interna
La incoherencia entre razón, cuerpo y emoción suele vivirse como ansiedad, bloqueo o parálisis. Queremos avanzar, pero algo nos frena. Queremos parar, pero algo nos empuja. Y en medio aparece la culpa: “no debería sentir esto”, “no tiene sentido”, “no puedo explicarlo”.
Tal vez el trabajo no sea elegir un bando, sino escuchar qué historia cuenta cada parte.
La intuición, entendida así, no es una brújula infalible. Es una invitación a parar y preguntarnos:
¿Qué parte de mí está tomando esta decisión?
¿Desde cuándo aprendí a decidir así?
¿Esto me protege o me limita?
¿Qué pasaría si me permitiera no saber todavía?
Escuchar la intuición sin obedecerla a ciegas
Confiar en la intuición no significa seguirla sin cuestionarla. Significa tomarla en serio. Tratarla como una señal que merece atención, no como una orden.
Escuchar la intuición es permitir que el cuerpo hable, pero también darle espacio al pensamiento adulto. Es sostener la incomodidad de no decidir rápido. Es aceptar que algunas decisiones necesitan tiempo porque implican reescribir historias profundas.
A veces, la intuición no quiere que elijas ya. Quiere que te quedes un poco más escuchando.
Quizás la intuición no sea una respuesta
Quizás la intuición no esté para decirnos qué hacer, sino para mostrarnos dónde mirar. No como una voz que manda, sino como una grieta por la que asoma algo verdadero.
No siempre es cómoda. No siempre es clara. Pero cuando la tratamos con curiosidad en lugar de obediencia, puede convertirse en una aliada poderosa para salir del guion y empezar a elegir desde un lugar más presente.
Tal vez ahí esté su función más profunda: no darnos certezas, sino ayudarnos a hacernos mejores preguntas.
Tal vez la intuición no esté hecha para guiarnos como una flecha que señala una única dirección. Tal vez no sea una brújula exacta ni una voz que debamos obedecer sin matices. Quizá su función sea otra: interrumpir el automatismo, abrir una pausa en medio de decisiones que solemos tomar demasiado rápido o desde lugares que ya conocemos de memoria.
La intuición aparece, muchas veces, cuando algo no encaja del todo. Cuando la razón avanza pero el cuerpo se tensa. Cuando el corazón desea pero algo se contrae. En ese punto incómodo, la intuición no nos ofrece certezas, sino conciencia. Nos obliga a detenernos, a no seguir caminando en piloto automático.
A veces, escuchar la intuición no implica hacerle caso, sino prestarle atención. Preguntarnos qué historia está contando, desde cuándo la aprendimos, a qué nos protege o a qué nos mantiene atadas. Porque no todo lo que se siente verdadero pertenece al presente; algunas verdades fueron necesarias en otro tiempo y hoy piden ser revisadas.
Quizá crecer no consista en elegir entre la razón o el corazón, sino en aprender a reconocer cuándo la razón repite un guion antiguo y cuándo el corazón busca una reparación más que un deseo. Y, en medio de ambos, permitir que la intuición funcione como un puente: no para decidir por nosotras, sino para recordarnos que hay algo vivo que merece ser escuchado con más cuidado.
Tal vez la intuición no sea una respuesta que nos diga qué hacer, sino una señal que nos invita a habitar la duda, a sostener la complejidad, a quedarnos un poco más en el lugar donde aún no sabemos. Y puede que ahí, en ese espacio sin prisas, sin obediencia ciega, sin certezas heredadas, empiece algo distinto: una forma más presente, más libre y más propia de elegir.





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