La era de los vínculos hiperconectados y desconectados
- Irene Coranti Gutiérrez

- 11 feb
- 5 Min. de lectura
Por qué sentimos que todo se queda en la superficie

Hay una sensación que aparece cada vez con más frecuencia: que las relaciones se sostienen en lo práctico, en lo informativo, en lo funcional… pero no tanto en lo íntimo. Quedamos “para ponernos al día”, nos contamos lo que ha pasado, intercambiamos titulares (trabajo, pareja, familia, planes) y, aun así, algo queda incompleto. Como si el contacto existiera, pero la conexión no terminara de asentarse.
Y no es sólo una impresión individual. Es un clima relacional. Un modo de estar con el otro que muchas personas describen como una especie de superficie permanente: conversación cordial, presencia correcta, afecto sincero incluso… pero poca profundidad sostenida.
Lo curioso es la paradoja: estamos más "conectados" que nunca, pero la sensación de vínculo profundo no parece crecer al mismo ritmo. Sherry Turkle lo formuló con fuerza al describir cómo la tecnología promete conexión mientras puede empujarnos a relaciones más controlables, más “a demanda”, donde estar disponibles no siempre significa estar presentes (Turkle, 2011).
Saturación relacional: cuando la atención se vuelve un recurso escaso
No es casual que mucha gente deje conversaciones a medias. No siempre es desinterés: muchas veces es agotamiento, saturación, una vida mental llena.
Vivimos en un entorno diseñado para capturar atención de forma constante. Tim Wu lo describió como una economía donde la atención humana se convierte en mercancía: un bien disputado, fragmentado y continuamente solicitado (Wu, 2016).
Cuando la atención está troceada, la relación también lo está. Porque la intimidad requiere algo muy simple y, a la vez, muy difícil: tiempo psíquico. No es sólo tener un hueco en la agenda; es tener disponibilidad interna para alojar al otro sin prisas, sin estar “a medias”, sin contestar en automático.
Y ahí tenemos que hablar de algo clave: muchas relaciones hoy se mantienen en modo “microcontacto” (mensajes, likes, audios rápidos), lo que puede sostener el hilo… pero no necesariamente tejer profundidad.
Antropología del límite: no podemos sostenerlo todo (y nuestro cerebro lo sabe)
Desde una mirada antropológica, hay un punto incómodo: no estamos hechos para sostener un número infinito de vínculos con alta calidad.
Robin Dunbar, antropólogo, propuso lo que se conoce como el número de Dunbar: un límite aproximado (en torno a 150) para mantener relaciones sociales estables, con capas de cercanía (un núcleo muy íntimo mucho más pequeño) que requieren tiempo y energía (Dunbar, 1998; Dunbar’s number, s. f.). Además, investigaciones con datos de llamadas telefónicas han encontrado patrones “en capas” que respaldan esta idea: cuanto más íntimo el vínculo, más inversión de atención y contacto (Mac Carron et al., 2016).
¿Qué pasa entonces cuando tenemos cientos de conversaciones abiertas, grupos, notificaciones, agendas llenas, redes sociales, trabajo… y encima intentamos cuidar todo igual? Que el sistema colapsa. Y el colapso relacional muchas veces suena a “perdona, se me pasó contestarte”, “no he tenido cabeza”, “luego te digo”.
No porque no importe el otro. Sino porque "no damos para más".
“Individualismo en red”: muchos contactos, poco sostén
En sociología, Barry Wellman describió un cambio de organización social hacia lo que llama networked individualism: pasamos de pertenecer a grupos densos y estables (comunidad, barrio, familia extensa) a gestionar redes personalizadas, más dispersas y fragmentadas, donde cada persona se convierte en “gestora” de sus vínculos (Wellman, 2001/2002).
Esto tiene ventajas (más autonomía, más opciones, más flexibilidad...), pero también un coste: el vínculo se vuelve más modular. Una persona para hablar de trabajo, otra para ocio, otra para desahogo, otra para memes… y menos espacios donde se pueda ser todo sin cambiar de máscara.
Y cuando el vínculo se modulariza, la intimidad puede quedarse sin lugar.
La intimidad no es solo “contar cosas”; es experimentar que puedes existir con complejidad dentro del vínculo.
Modernidad líquida: vínculos que se “mantienen” más que se habitan
Zygmunt Bauman habló de “modernidad líquida” y aplicó esa metáfora a los lazos: relaciones más frágiles, más cambiantes, menos ancladas, donde se valora la libertad y la posibilidad de escapar del compromiso (Bauman, 2000; Bauman, 2003).
En términos cotidianos: a veces da la sensación de que muchas relaciones se gestionan como si fueran aplicaciones abiertas. No se cierran del todo, pero tampoco se profundiza. Se sostienen en un “seguimos” que, por acumulación, puede convertirse en un vínculo sin cuerpo, sin profundidad.
Y aquí hay algo importante: la superficialidad no siempre es frivolidad. A veces es miedo.
Porque la profundidad implica riesgo: que el otro vea, que el otro no sepa sostener, que se rompa la imagen, que aparezca conflicto... Lo superficial puede funcionar como una forma de seguridad: “hablamos, pero no demasiado”.
Aceleración: el mundo va rápido, la intimidad no
Hartmut Rosa aporta otra pieza esencial: la modernidad se caracteriza por una aceleración social (más cambios en menos tiempo, más presión por responder, más sensación de falta de tiempo), y eso deteriora nuestra capacidad de tener relaciones “resonantes”, es decir, relaciones donde hay respuesta viva, presencia y transformación mutua (Rosa, 2016; Rosa, entrevista).
La intimidad tiene un ritmo que no se puede forzar. No se produce “a demanda”. Necesita pausas, silencios, tiempos muertos, conversaciones que no son eficientes. Y eso choca con un mundo que valora lo rápido, lo útil y lo productivo.
Por eso, a veces, lo que llamamos “superficialidad” es, en el fondo, una incompatibilidad de ritmos: vivimos con el acelerador puesto y pretendemos que el vínculo florezca como si tuviera tiempo de enraizar.
No es que no queramos profundidad: es que no tenemos espacio interno
Aquí llega la parte más humana: muchas personas anhelan vínculos profundos. Lo que falta no es deseo; es capacidad.
Capacidad de estar sin multitarea. Capacidad de escuchar sin prisa. Capacidad de responder no sólo a un mensaje, sino a lo que el otro está pidiendo sin decirlo. Y esa capacidad se erosiona cuando vivimos sobrecargados.
Por eso ocurre esto tan frecuente: dejar conversaciones en “visto”, posponer una respuesta, tardar días en contestar, y aun así sentir culpa.
Es un circuito muy contemporáneo y a la orden del día:
saturación → desconexión involuntaria → culpa → más evitación.
Y el vínculo, mientras tanto, se enfría sin que nadie (aparentemente) haya querido enfriarlo.
La gran pregunta: ¿Desde dónde estamos habitando nuestros vínculos?
Tal vez la cuestión no sea “por qué todo es superficial”, sino:
¿Qué nos está pasando con la disponibilidad emocional?
¿En qué momento estar conectadas se volvió estar saturadas?
¿Cuándo empezamos a confundir “contacto” con “presencia”?
Porque el problema no son las redes en sí, ni la vida moderna en sí. El problema es que hemos normalizado un modo de relación donde el otro queda muchas veces en segundo plano por falta de espacio físico y psíquico.
Y eso, poco a poco, convierte los vínculos en algo que se “mantiene” pero no se habita.
Quizás lo más íntimo hoy sea esto: volver a elegir, con honestidad, qué relaciones vamos a cuidar de verdad. Como un acto de salud relacional. Aceptar el límite, recuperar el ritmo, y recordar que la profundidad no se consigue con más mensajes… sino con más presencia.
REFERENCIAS
Bauman, Z. (2000). Modernidad líquida. Fondo de Cultura Económica.
Bauman, Z. (2003). Amor líquido: Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos. Fondo de Cultura Económica.
Dunbar, R. I. M. (1998). Grooming, gossip and the evolution of language. Harvard University Press.
Mac Carron, P., Kaski, K., & Dunbar, R. I. M. (2016). Calling Dunbar’s numbers. Social Networks, 47, 151–155. https://doi.org/10.1016/j.socnet.2016.04.003
Rosa, H. (2016). Resonancia: Una sociología de la relación con el mundo. Katz Editores.
Turkle, S. (2011). En soledad juntos: Por qué esperamos tanto de la tecnología y tan poco de nosotros mismos. Ediciones Paidós.
Wellman, B. (2001). Physical place and cyberplace: The rise of personalized networking. International Journal of Urban and Regional Research, 25(2), 227–252. https://doi.org/10.1111/1468-2427.00309
Wu, T. (2016). The attention merchants: The epic scramble to get inside our heads. Alfred A. Knopf.





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