Dolor en las relaciones sexuales; cuando tu cuerpo empieza a tener miedo de aquello que debería ser placentero

La maternidad puede ser una de las experiencias más profundamente transformadoras de nuestra vida. Pero entre aprender a cuidar de alguien que acaba de llegar al mundo y descubrir cómo hacerlo, a veces olvidamos que también hay una mujer atravesando su propio proceso de transformación.
Hay algo de lo que hablamos relativamente poco cuando hablamos de maternidad. Nos preparamos para el embarazo, para el parto, para las noches sin dormir, para la lactancia o para reconocer qué necesita nuestro bebé cuando llora. Leemos sobre desarrollo infantil, buscamos información sobre alimentación, sueño, estimulación y crianza. Queremos hacerlo bien. Queremos comprender a esa pequeña persona que acaba de llegar a nuestra vida y ofrecerle todo aquello que necesita.
Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar qué ocurre con la mujer que sostiene a ese bebé.
Porque cuando nace un hijo no solo aparece una nueva responsabilidad. También puede comenzar una profunda reorganización emocional, corporal, vincular e identitaria. Cambian las rutinas, las prioridades, la relación con el tiempo, la intimidad, la pareja e incluso la manera en la que una mujer comprende su propia historia.
Y, en ocasiones, mientras todo el mundo pregunta cómo está el bebé, ella empieza a preguntarse en silencio cómo está ella.
Quizá nunca habías experimentado un amor tan intenso y, al mismo tiempo, tanta vulnerabilidad. Quizá disfrutas profundamente de la maternidad, pero echas de menos determinadas partes de tu vida anterior. O tal vez te sorprendes sintiendo emociones que no encajan con la imagen que habías construido sobre lo que significaba convertirte en madre.
Puedes amar a tu hijo y necesitar tiempo para ti. Puedes sentir felicidad y tristeza durante el mismo día. Puedes agradecer tu maternidad y reconocer que hay momentos en los que te sientes agotada.
Y ninguna de estas contradicciones, por sí sola, significa que estés haciendo algo mal.
La maternidad no elimina la complejidad emocional de una mujer. En muchos casos, la hace todavía más visible.
¿Por qué la maternidad puede cambiar tanto nuestra identidad?
Cuando una mujer se convierte en madre, no desaparece la persona que era anteriormente, pero sí puede cambiar profundamente la manera en la que se reconoce.
Durante años hemos construido una identidad a partir de nuestras relaciones, nuestro trabajo, nuestras decisiones, nuestros intereses, nuestros proyectos y la manera en la que organizábamos la vida cotidiana. Sabíamos, más o menos, quiénes éramos dentro de ese mundo que habíamos ido construyendo.
Y entonces llega un bebé.
De repente, gran parte de nuestro tiempo comienza a organizarse alrededor de las necesidades de otra persona. Los horarios dejan de depender exclusivamente de nuestras decisiones, descansar puede convertirse en algo difícil de conseguir y actividades que antes parecían sencillas requieren ahora una organización completamente diferente.
Pero la transformación no es únicamente práctica. También puede cambiar nuestra manera de sentir, de preocuparnos, de amar, de interpretar el mundo y de relacionarnos con nuestras propias necesidades.
Quizá antes te considerabas una persona independiente y ahora descubres cuánto te cuesta separarte de tu bebé. Tal vez eras muy organizada y empiezas a sentir frustración porque ya no puedes controlar el ritmo de tus días. O quizá siempre te habías sentido segura tomando decisiones y ahora dudas constantemente de si estás haciendo lo correcto.
No significa necesariamente que hayas perdido tu identidad. Significa que estás atravesando una transición importante que puede requerir tiempo, recursos y acompañamiento.
En psicología perinatal se utiliza el concepto de matrescencia para hablar del proceso de transformación asociado a convertirse en madre. No se trata de un diagnóstico ni de una etapa idéntica para todas las mujeres, sino de una manera de comprender los cambios físicos, psicológicos, sociales y relacionales que pueden acompañar la maternidad.
Y considero que este concepto nos permite plantear una pregunta especialmente interesante: ¿Qué ocurriría si dejáramos de exigirnos volver a ser las mismas y empezáramos a explorar quiénes estamos siendo ahora?
Porque a veces sufrimos intentando recuperar una versión anterior de nosotras mismas, sin concedernos espacio para conocer a la mujer que estamos construyendo.
La culpa materna: por qué parece que nunca hacemos suficiente
Hay una experiencia que aparece con especial frecuencia en los relatos de muchas madres: la culpa.
Culpa por trabajar demasiado. Culpa por trabajar demasiado poco. Culpa por dejar al bebé con otra persona. Culpa por no querer separarse de él. Culpa por necesitar descansar, por sentirse irritada, por disfrutar de un momento sin hijos o por no disfrutar tanto como imaginaban de determinadas situaciones.
Y lo más desconcertante es que, en ocasiones, hagamos lo que hagamos, parece existir siempre una razón para cuestionarnos.
Si priorizamos nuestras necesidades, podemos sentir que estamos descuidando a nuestros hijos. Si priorizamos constantemente las suyas, puede aparecer agotamiento, frustración o una progresiva desconexión de nosotras mismas.
La culpa puede tener una función útil cuando nos ayuda a reconocer que hemos actuado de una manera contraria a nuestros valores y necesitamos reparar algo. Sin embargo, también puede aparecer cuando no hemos hecho nada incorrecto, sino cuando sentimos que estamos incumpliendo expectativas imposibles.
Y aquí la maternidad se encuentra con un problema profundamente social: seguimos transmitiendo a muchas mujeres que una buena madre debería estar disponible, ser paciente, disfrutar de cada etapa, anticiparse a todas las necesidades y, además, mantener el resto de su vida funcionando con relativa normalidad.
La contradicción es evidente. Se espera una entrega extraordinaria mientras, en numerosas ocasiones, los recursos disponibles para sostenerla son insuficientes.
Desde una perspectiva psicológica, resulta importante explorar qué está ocurriendo cuando una mujer se siente culpable. ¿Ha hecho algo que realmente necesita reparar? ¿O está intentando alcanzar un ideal de maternidad que no contempla sus límites, su cansancio y sus necesidades?
Porque no todas las emociones desagradables indican que estemos haciendo algo mal. A veces, la culpa aparece precisamente cuando empezamos a hacer algo diferente de lo que aprendimos que debíamos hacer.
Cuidar de ti no significa querer menos a tus hijos. Significa reconocer que la persona que cuida también tiene necesidades.
Salud mental materna: cuando el agotamiento emocional necesita ser escuchado
Hablar de salud mental durante la maternidad exige distinguir entre los cambios emocionales esperables de una etapa exigente y las dificultades psicológicas que pueden necesitar una intervención específica.
El embarazo y el posparto pueden venir acompañados de fluctuaciones emocionales, cansancio, incertidumbre y cambios en el estado de ánimo. La falta de descanso, las transformaciones hormonales, el dolor físico, las preocupaciones por el bebé y las condiciones de apoyo también pueden influir en el bienestar psicológico. Pero no todo malestar debe considerarse inevitable por el hecho de ser madre.
Durante el periodo perinatal pueden aparecer problemas de ansiedad, depresión y otras dificultades de salud mental que merecen una valoración adecuada.
La depresión posparto, por ejemplo, puede manifestarse mediante tristeza persistente, pérdida de interés o placer, sentimientos intensos de culpa, desesperanza, dificultades para concentrarse y alteraciones del sueño. También pueden aparecer dificultades para disfrutar de la relación con el bebé o para sentirse emocionalmente conectada con él.
La ansiedad durante el posparto puede expresarse a través de preocupaciones persistentes, miedo intenso a que ocurra algo malo, dificultad para descansar, irritabilidad o sensación de alerta constante.
Es importante diferenciar estos problemas de los cambios emocionales transitorios que pueden aparecer durante los primeros días después del parto, conocidos popularmente como baby blues. Cuando el malestar persiste, empeora o interfiere significativamente en la vida cotidiana, conviene solicitar una evaluación profesional.
También es importante comprender que no toda preocupación intensa durante el posparto constituye un trastorno de ansiedad. Algunas emociones pueden estar relacionadas con circunstancias reales, como la falta de descanso, la enfermedad del bebé, una experiencia de parto difícil o la ausencia de apoyo.
Por eso, en terapia no se trata de etiquetar rápidamente lo que una mujer siente, sino de comprender su experiencia, valorar la intensidad de los síntomas y ofrecer el acompañamiento que realmente necesita.
Si aparecen pensamientos de hacerse daño, de hacer daño al bebé, confusión intensa, alucinaciones o una pérdida importante de contacto con la realidad, es necesario solicitar atención sanitaria urgente.
La maternidad puede ser exigente, pero el sufrimiento psicológico intenso no debería normalizarse como una parte inevitable de ser madre.
La soledad en la maternidad: cuando estás acompañada, pero nadie parece verte
Uno de los aspectos que más me interesan desde una mirada relacional es la soledad que puede aparecer durante la maternidad. Y no me refiero únicamente a la ausencia física de otras personas.
Puedes vivir acompañada, recibir visitas, tener pareja o mantener contacto frecuente con familiares y, aun así, experimentar una profunda sensación de soledad emocional. Porque estar rodeada de personas no significa necesariamente sentirte sostenida.
A veces todo el mundo está pendiente del bebé. Preguntan cuánto pesa, cómo duerme, si come suficiente, cuándo empieza a sonreír o cómo evoluciona su desarrollo. Pero pocas personas preguntan cómo estás viviendo tú esta transformación. Y, cuando alguien lo hace, quizá respondes automáticamente que todo está bien porque no sabes por dónde empezar a explicar lo que sientes.
En otras ocasiones, la dificultad no consiste en que nadie se ofrezca a ayudarte, sino en que sigues siendo tú quien necesita organizarlo todo. Tienes que explicar qué necesita el bebé, preparar lo necesario, recordar las citas, anticiparte a los horarios y decidir quién puede hacer cada cosa.
De esta manera, incluso cuando alguien participa en el cuidado, la responsabilidad de coordinarlo continúa recayendo sobre ti.
Y aquí existe una diferencia importante entre recibir ayuda y compartir verdaderamente la responsabilidad.
La maternidad no debería convertirse en una experiencia en la que una sola persona tiene que sostenerlo todo y, además, agradecer que los demás colaboren.
Muchas veces, cuando una madre expresa que está agotada, no necesita únicamente que alguien le recomiende descansar. Necesita que existan condiciones reales que le permitan hacerlo.
Porque resulta difícil regular el estrés de una vida cuyas demandas superan constantemente los recursos disponibles.
La pareja después de tener hijos: cuando dejamos de encontrarnos
La llegada de un hijo puede transformar profundamente la relación de pareja. No necesariamente porque el vínculo se debilite, sino porque la estructura de la relación cambia. Las necesidades del bebé reorganizan el tiempo, el descanso, las prioridades y la disponibilidad emocional.
Aquellas conversaciones que antes surgían espontáneamente pueden quedar sustituidas por cuestiones logísticas. Quién prepara la cena, quién se levanta durante la noche, quién compra pañales, quién organiza las citas médicas o quién puede descansar un rato.
Y, sin darnos cuenta, la relación puede empezar a girar alrededor de la gestión de las necesidades familiares.
Pero más allá de la organización, hay una cuestión especialmente relevante: cómo se distribuyen los cuidados y cómo se siente cada persona dentro de esa distribución.
Cuando una mujer experimenta que debe recordar, anticipar y supervisar constantemente las tareas de su pareja, puede aparecer una sensación de desigualdad que va mucho más allá del reparto doméstico.
A veces no se trata de necesitar que la otra persona haga una tarea concreta, sino de necesitar sentir que también está pensando, observando y asumiendo responsabilidades. En ese contexto, la falta de iniciativa puede vivirse como una forma de soledad.
Y cuando el cansancio se acumula, las conversaciones empiezan a convertirse en reproches, las necesidades dejan de expresarse con claridad y la intimidad emocional puede disminuir.
Desde una mirada relacional, no basta con recomendar que la pareja tenga más tiempo de calidad. También necesitamos explorar si ambas personas se sienten cuidadas, reconocidas y acompañadas.
Porque es difícil construir espacios de conexión cuando una de las personas siente que está sosteniendo gran parte de la vida familiar en soledad.
En ocasiones, el trabajo terapéutico implica precisamente revisar estas dinámicas, comprender cómo se han construido y facilitar acuerdos que permitan una relación más equilibrada.
Sexualidad y deseo después de la maternidad: cuando el cuerpo también necesita tiempo
La sexualidad es otra de las áreas que puede experimentar cambios importantes durante el embarazo, el posparto y la crianza. Y, sin embargo, seguimos abordándola con una expectativa que considero problemática: la idea de que, después de cierto tiempo, todo debería volver a funcionar como antes.
Pero la sexualidad no está aislada del resto de nuestra experiencia.
El deseo sexual puede verse influido por cambios hormonales, lactancia, cansancio, molestias físicas, sequedad vaginal, experiencias de parto, modificaciones en la imagen corporal, estrés y dinámicas de pareja. También puede cambiar la relación con el contacto físico.
Una mujer que pasa gran parte del día sosteniendo, alimentando, consolando y respondiendo a las necesidades de su bebé puede necesitar momentos de intimidad en los que no exista ninguna demanda sobre su cuerpo.
Esto no significa que la maternidad elimine el deseo sexual ni que todas las mujeres experimenten rechazo hacia el contacto. Algunas mantienen una sexualidad satisfactoria durante esta etapa y otras necesitan más tiempo para reencontrarse con ella.
Lo importante es comprender que la frecuencia sexual no debería convertirse en una medida del éxito de la recuperación posparto ni de la calidad de una relación.
En terapia sexual me parece especialmente importante explorar cómo se está viviendo el deseo, qué expectativas existen, si aparecen molestias o dolor, qué papel tiene la pareja y cuánto espacio encuentra la mujer para conectar con sus propias necesidades.
Porque no se trata de exigirle al cuerpo que vuelva rápidamente a una versión anterior, sino de comprender qué necesita en esta etapa. Y porque sentirte querida, sostenida y respetada en tu experiencia corporal también puede formar parte de las condiciones que favorecen la intimidad.
Cuando te conviertes en madre y vuelves a mirar tu propia infancia
Hay una dimensión de la maternidad que puede resultar especialmente profunda y que no siempre esperamos: la manera en la que criar a un hijo puede hacernos volver emocionalmente a nuestra propia historia. A veces ocurre en situaciones aparentemente pequeñas.
Tu bebé llora y, mientras intentas consolarlo, recuerdas cómo respondían tus cuidadores cuando tú llorabas. Tu hijo necesita contacto y descubres que te cuesta comprender por qué determinadas necesidades tuyas fueron interpretadas como exageradas. O quizá te sorprendes reaccionando de una manera que reconoces de tu propia infancia, aunque habías prometido que nunca lo harías.
La maternidad puede despertar recuerdos, emociones y preguntas relacionadas con nuestras experiencias tempranas. Esto no significa que convertirse en madre active necesariamente un trauma ni que todas las dificultades en la crianza puedan explicarse por la historia infantil.
Pero sí puede convertirse en un momento especialmente significativo para revisar determinados aprendizajes relacionales.
Quizá creciste en una familia en la que expresar tristeza era interpretado como debilidad. Tal vez aprendiste que debías ser responsable, no molestar o cuidar emocionalmente de los adultos que te rodeaban. Y ahora, frente a las necesidades de tu propio hijo, puedes empezar a cuestionar aquellas ideas que durante años habías considerado normales.
Desde una mirada integrativa y sensible al trauma, este proceso puede resultar importante. No para buscar culpables en el pasado ni para convertir cada dificultad en una herida infantil, sino para comprender cómo nuestra historia influye en las expectativas, las emociones y las respuestas que aparecen en nuestras relaciones actuales.
A veces criar también nos enfrenta a aquello que necesitamos aprender a ofrecernos a nosotras mismas.
El miedo a no ser una buena madre: cuando amar también significa sentirse vulnerable
Pocas experiencias nos enfrentan de una manera tan intensa a la incertidumbre como cuidar de alguien a quien queremos profundamente.
De repente, decisiones que antes parecían sencillas adquieren una enorme importancia. Nos preguntamos si estamos estimulando suficientemente a nuestro bebé, si estamos respondiendo adecuadamente a su llanto, si necesita más contacto, si deberíamos fomentar mayor autonomía o si determinadas decisiones podrían afectarle en el futuro.
Parte de estas preocupaciones pueden resultar comprensibles dentro del proceso de adaptación a la maternidad.
Sin embargo, cuando el deseo de cuidar se combina con una autoexigencia intensa, puede aparecer la sensación de que nunca estamos haciendo suficiente.
Buscamos información, comparamos recomendaciones, revisamos experiencias de otras madres y tratamos de anticiparnos a cualquier posible dificultad. Y cuanto más intentamos asegurarnos de hacerlo todo perfectamente, más conscientes somos de la cantidad de variables que no podemos controlar.
Aquí conviene recordar que la crianza no puede reducirse a una lista interminable de tareas que debemos realizar correctamente.
La relación con un hijo se construye a través de multitud de experiencias cotidianas, en las que también existen cansancio, errores, reparación, aprendizaje y adaptación.
Los vínculos seguros no requieren personas adultas perfectas, sino relaciones suficientemente sensibles, estables y capaces de responder y reparar cuando es necesario. Y esto implica reconocer algo fundamental: también somos humanas mientras criamos.
¿Cuándo puede ayudar la terapia psicológica durante la maternidad?
No es necesario esperar a experimentar una crisis grave para solicitar acompañamiento psicológico.
La terapia puede convertirse en un espacio útil cuando la maternidad despierta preguntas sobre la identidad, los límites, la relación de pareja, la propia historia o la dificultad para encontrar un equilibrio entre las necesidades familiares y personales.
También puede resultar especialmente importante cuando aparecen ansiedad persistente, tristeza intensa, irritabilidad, sentimientos frecuentes de culpa, sensación de desconexión, dificultades relacionadas con el parto o preocupaciones que interfieren significativamente en la vida cotidiana.
En algunos casos será necesario valorar la posible presencia de depresión posparto, ansiedad perinatal, síntomas traumáticos relacionados con el parto u otras dificultades que requieren una intervención clínica específica.
En otros, la mujer no presentará un trastorno psicológico, pero sí necesitará un espacio donde comprender lo que está viviendo y desarrollar recursos para afrontar una transición vital exigente. Porque no todas las personas que acuden a terapia necesitan un diagnóstico.
En ocasiones, lo que necesitan es un lugar donde sus necesidades puedan ocupar espacio sin quedar inmediatamente desplazadas por las necesidades de los demás.
Cómo acompaño los procesos de maternidad desde una mirada integrativa y relacional
Como psicóloga, sexóloga y terapeuta de pareja, comprendo la maternidad como una experiencia que atraviesa diferentes dimensiones de la vida de una mujer: su identidad, su cuerpo, sus relaciones, su sexualidad, su historia personal y la manera en la que aprende a cuidar de sí misma mientras cuida de otras personas.
Desde mi enfoque integrativo, no me interesa únicamente conocer qué dificultades estás experimentando, sino comprender cómo estás viviendo esta etapa, qué significado tiene para ti y cuáles son las circunstancias que están influyendo en tu bienestar.
En terapia podemos explorar la culpa materna, la autoexigencia, la ansiedad, los cambios en la identidad, la relación con el cuerpo, el deseo sexual, las dificultades de pareja y las emociones que pueden aparecer al revisar tu propia historia familiar.
También prestamos atención a tus recursos, a la red de apoyo de la que dispones y a las condiciones reales en las que estás criando, porque no podemos comprender el bienestar psicológico sin tener en cuenta el contexto en el que una persona vive.
Desde una perspectiva relacional y sensible al trauma, me interesa especialmente comprender aquellas formas de funcionar que quizá ya estaban presentes antes de la maternidad, pero que durante esta etapa se han vuelto más difíciles de sostener.
Tal vez siempre te ha costado pedir ayuda y ahora descubres que no puedes hacerlo todo sola. Quizá llevas años sintiendo que debes cuidar emocionalmente de los demás y la llegada de un hijo ha intensificado todavía más esa responsabilidad. O puede que estés acostumbrada a exigirte constantemente y ahora te resulte difícil aceptar que hay días en los que simplemente no llegas a todo.
El proceso terapéutico nos permite explorar estas experiencias, comprender de dónde proceden cuando resulta relevante y construir maneras más flexibles de responder a tus necesidades.
Cuando aparecen síntomas que requieren atención perinatal específica, es importante realizar una evaluación adecuada y, si es necesario, coordinar el acompañamiento con profesionales especializados en salud mental perinatal, obstetricia o medicina.
Mi objetivo no es enseñarte a convertirte en una madre perfecta ni decirte cómo deberías vivir tu maternidad.
Es ofrecerte un espacio donde puedas descubrir qué necesitas tú dentro de esta nueva etapa, comprender las emociones que aparecen y construir una manera de cuidar que también te incluya.
Porque creo que hay algo que merece ser recordado: tu hijo no necesita que desaparezcas como persona para poder recibir tu amor.
Puedes transformarte, cambiar tus prioridades, descubrir necesidades nuevas y reconocer que ya no eres exactamente la mujer que eras antes. Y, al mismo tiempo, puedes seguir necesitando espacios propios, proyectos, descanso, relaciones, intimidad y tiempo para conocerte.
La maternidad puede convertirse en una parte profundamente significativa de tu identidad, pero no tiene por qué ocuparla por completo.
Si actualmente estás atravesando dificultades emocionales durante el embarazo, el posparto o la crianza, podemos explorar juntas cómo acompañarte desde un proceso de terapia psicológica online, integrativa y adaptada a tus necesidades.
Porque mientras aprendes a cuidar de alguien que acaba de llegar al mundo, tú también mereces sentirte cuidada.
