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Relatos eróticos

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Hay matrimonios que celebran sus aniversarios por amor y otros que lo hacen por costumbre. El nuestro, sospecho, llevaba algún tiempo perteneciendo a la segunda categoría.

Cada veintinueve de septiembre acudíamos al mismo restaurante japonés. Un pequeño local de Barcelona, escondido tras una fachada de madera oscura, donde las reservas se hacían con meses de antelación y las conversaciones parecían obligadas a mantener el mismo volumen que la música.

Doce años. Doce aniversarios. Doce veces pidiendo prácticamente lo mismo.

A Marcos le gustaban las tradiciones. A mí empezaban a aburrirme.

—¿Pedimos el menú degustación de siempre? —preguntó mientras dejaba su teléfono junto a la copa.

—Sorpréndeme —contesté.

No levantó la mirada.

—Entonces, el de siempre.

Y fue precisamente en ese momento cuando apareció ella.

No sabría decir qué fue lo primero que me llamó la atención. Quizá su manera de caminar, sin aquella prisa impostada de quien necesita demostrar que está trabajando. O el pelo negro, recogido descuidadamente, que dejaba al descubierto un cuello largo y unos pequeños pendientes dorados.

Vestía una camisa blanca ligeramente holgada, pantalones negros de talle alto y un delantal que se anudaba a su cintura.

No era especialmente extravagante. Tampoco parecía esforzarse en resultar atractiva.

Qué injusticia.

—Buenas noches. Soy Olivia y voy a acompañaros durante la cena.

Tenía una voz grave. De esas que parecen pronunciar las palabras un segundo más despacio de lo necesario.

Marcos empezó a explicarle que éramos clientes habituales, que celebrábamos allí todos nuestros aniversarios y que, probablemente, ya conocíamos la carta mejor que algunos empleados.

Yo no escuché demasiado.

Estaba observando sus manos.

—¿Y tú? —me preguntó Olivia.

Tardé en comprender que se dirigía a mí.

—¿Yo?

Sonrió.

—¿También quieres lo de siempre?

No sé si fue la pregunta, el tono o aquella manera de sostenerme la mirada, pero sentí una pequeña sacudida en algún lugar que llevaba demasiado tiempo en silencio.

—Creo que esta noche me apetece probar algo nuevo.

Olivia inclinó ligeramente la cabeza.

—Entonces déjame elegir por ti.

Marcos soltó una carcajada.

—Cuidado, que mi mujer es bastante exigente.

Ella no lo miró.

—Me gustan las mujeres que saben lo que quieren.

Y se marchó.

Yo bebí agua.

Mucha agua.


El primer plato llegó acompañado de una explicación sobre el equilibrio entre lo dulce, lo ácido y lo salado.

Olivia colocó una pequeña pieza de nigiri frente a mí.

—Este es especial. Recomiendo comerlo de una sola vez.

—¿Y si no me gusta?

—Puedes decírmelo.

—¿Y si me encanta?

Sus labios dibujaron una sonrisa apenas perceptible.

—También.

Marcos seguía hablando de un problema con uno de sus compañeros de trabajo.

Yo acababa de descubrir que una mujer podía convertir la explicación de un nigiri en una experiencia considerablemente más interesante que doce años de aniversarios.

Durante el segundo plato, Olivia se acercó para rellenarme la copa.

—¿Qué tal la elección?

—Todavía estoy decidiendo.

—Tómate tu tiempo.

Su mano rozó accidentalmente la mía al retirar el pequeño recipiente de soja.

O quizá no fue accidental.

No hice el menor esfuerzo por averiguarlo.

—Tienes algo aquí —susurró, señalándose la comisura de los labios.

Me llevé la servilleta a la boca.

—¿Aquí?

—Un poco más a la izquierda.

Repetí el movimiento.

Negó suavemente con la cabeza, divertida.

—Ahora sí.

Sentí que me ruborizaba.

A mis treinta y tantos años.

Por una camarera.

En un restaurante de sushi.

Delante de mi marido.

Maravilloso.

A mitad de la cena, Marcos recibió una llamada.

—Es del trabajo. Un segundo, cariño.

Se levantó y salió a la pequeña terraza interior.

Olivia apareció poco después.

—¿Todo bien?

—Perfectamente.

Miró la silla vacía.

—¿Te han dejado sola?

—Parece que sí.

—Qué desperdicio.

Aquello me hizo reír. No una risa educada, de las que se utilizan para mantener conversaciones socialmente aceptables. Me reí de verdad.

—¿Siempre hablas así con tus clientas?

—No.

—Ah.

—Solo con las que llevan media cena mirándome.

Me quedé inmóvil.

Ella continuó recogiendo los platos como si acabara de informarme de que el atún procedía del Mediterráneo.

—Perdona —murmuré.

—¿Por qué?

—Por mirarte.

Olivia dejó de recoger.

—No te he pedido que dejes de hacerlo.

Durante unos segundos ninguna dijo nada.

La observé. Esta vez sin disimular.

—No sabía que se notaba tanto.

—Se nota especialmente cuando intento explicarte un plato y tú estás mirando mi boca.

Me llevé una mano a la frente.

—Dios mío.

Se rio.

—Tranquila. A mí también me está costando concentrarme.

Aquella confesión fue bastante más eficaz que cualquier copa de vino.

Marcos regresó diez minutos después, pidió disculpas y empezó a explicarme por qué la llamada había sido tan importante.

Asentí.

Olivia trajo el siguiente plato.

—Para el señor, ventresca de atún con trufa. Para ti, una pequeña sorpresa.

Frente a mí dejó un cuenco de cerámica blanca con tres piezas delicadamente dispuestas.

—¿Qué es? —pregunté.

—Algo fuera de carta.

—¿Y cómo se llama?

Me miró directamente.

—Todavía no le he puesto nombre.

Marcos probó su atún.

—Espectacular. Cariño, tienes que probar esto.

Pero yo estaba ocupada intentando descifrar por qué Olivia acababa de colocar, junto a mi plato, una pequeña servilleta doblada.

Esperé a que se alejara para abrirla.

Había una frase escrita a mano:

«El postre se sirve al fondo. Si te apetece descubrirlo, pregunta por mí».

Debajo, un pequeño dibujo de una cereza.

Levanté la vista.

Olivia estaba junto a la barra.

Me guiñó un ojo.

Qué mujer más absolutamente inoportuna.

Qué ganas de que volviera.

—Voy al baño —anuncié.

Marcos estaba respondiendo un mensaje.

—Vale, cariño.

Atravesé el pasillo del restaurante, iluminado por pequeñas lámparas de papel. Al fondo había una puerta corredera que daba acceso a una zona privada, donde se preparaban algunas de las elaboraciones especiales.

Olivia estaba allí, organizando unas bandejas.

Al verme, sonrió.

—Pensaba que quizá no vendrías.

—Pensaba exactamente lo mismo.

—¿Y qué te ha hecho cambiar de opinión?

Me apoyé en el marco de la puerta.

—La curiosidad gastronómica.

—Por supuesto.

—Soy una mujer muy comprometida con la cocina japonesa.

Soltó una carcajada.

De cerca era todavía más bonita. Tenía pequeñas pecas sobre la nariz y una diminuta cicatriz junto a la ceja izquierda.

—¿Cómo te llamas? —preguntó.

Se lo dije.

Repitió mi nombre lentamente.

Y tuve la absurda sensación de que acababa de pronunciarlo de una manera en la que nadie lo había hecho antes.

—¿Puedo preguntarte algo? —continuó.

Asentí.

—¿Has venido porque quieres probar el postre o porque quieres besarme?

La pregunta me dejó sin recursos.

No había ninguna insinuación ambigua detrás de la que esconderse. Ninguna excusa. Ninguna cortesía.

Solo una mujer preguntándole a otra qué deseaba.

—Creo que lo segundo —admití.

Olivia sonrió, pero no se acercó.

—¿Lo crees?

Miré hacia el pasillo.

Después volví a mirarla.

—Quiero besarte.

—Eso está mejor.

Dejó la bandeja sobre la encimera.

—¿Puedo?

No recuerdo haber respondido con tanta rapidez a ninguna pregunta en toda mi vida.

—Sí.

Hay besos que parecen una presentación.

Y otros que se sienten como un reconocimiento.

El suyo pertenecía a los segundos.

Se acercó despacio, permitiéndome recorrer la distancia que faltaba. Su mano encontró la mía y, durante un instante, permanecimos así, frente a frente, sonriendo con una mezcla de nervios y complicidad.

Después sus labios rozaron los míos.

Fue un beso breve.

Lo suficiente para que, cuando se apartó, yo quisiera volver a empezar.

—Vaya —susurré.

—¿Vaya bien o vaya mal?

—Vaya, qué ganas tenía de hacer eso.

Se rio contra mi mejilla.

Volví a besarla.

Esta vez sin la torpeza inicial. Sin aquella necesidad de justificar lo que estaba ocurriendo. La rodeé suavemente por la cintura y ella me acercó un poco más, hasta que nuestras frentes quedaron juntas.

Su perfume tenía algo de jazmín y algo que no supe identificar.

Me gustó no saberlo.

Me gustó, también, descubrir que no necesitaba que un hombre participara, observara o aprobara aquella escena para que tuviera sentido.

No estaba interpretando una fantasía para nadie.

Estaba besando a una mujer porque deseaba besarla.

Y ella me estaba besando porque quería.

Así de sencillo.

Así de extraordinario.

—Tu marido estará preguntándose dónde estás —murmuró Olivia.

—Mi marido probablemente sigue hablando del atún.

Nos echamos a reír.

Entonces ella se apartó un poco y me acarició la mano con el pulgar.

—No quiero ser una anécdota que mañana tengas que explicarte a ti misma.

La miré.

—No lo eres.

—Bien.

—Aunque tampoco sé exactamente qué eres.

—Podemos empezar por Olivia.

Sonreí.

—Me parece un comienzo excelente.

Regresé a la mesa unos minutos después.

Marcos estaba terminando su copa.

—¿Todo bien? Has tardado.

—Sí. Me he entretenido.

—¿Pedimos postre?

Antes de que pudiera responder, Olivia apareció con dos pequeños platos.

Uno contenía una elaboración de chocolate negro y sésamo.

El otro, una delicada esfera de chocolate blanco coronada por una cereza.

—Invitación de la casa —anunció.

Marcos sonrió encantado.

—¡Qué detalle! Ya os dije que veníamos todos los años.

Olivia colocó mi plato frente a mí.

—Este es especialmente para ti.

—¿Cómo se llama? —pregunté.

Ella sostuvo mi mirada.

—Segundas intenciones.

Tuve que morderme el interior de la mejilla para no reír.

—Qué nombre tan sugerente.

—Es un postre que no suele gustarle a todo el mundo.

—¿Por qué?

—Porque hay que atreverse a probarlo.

Marcos intervino:

—Mi mujer es bastante clásica para estas cosas.

Olivia y yo nos miramos.

—Quizá te sorprendería —respondió ella.

Pagamos la cuenta cerca de medianoche.

Marcos salió primero, entretenido buscando las llaves del coche.

Yo me quedé unos segundos más junto a la entrada.

Olivia apareció con mi abrigo.

—Te lo habías dejado.

—Qué despiste.

Me ayudó a ponérmelo.

Antes de apartarse, introdujo discretamente una pequeña tarjeta en mi bolsillo.

—Por si algún día quieres repetir.

—¿El restaurante?

—No necesariamente.

Me giré hacia ella.

—Olivia.

—¿Sí?

—¿Siempre eres tan descarada?

Sonrió.

—No. A veces me pongo nerviosa y me hago la interesante.

—Pues disimulas fatal.

—Tú también.

Nos despedimos sin besarnos.

Curiosamente, aquella contención tuvo algo deliciosamente íntimo.

Ya en el coche, Marcos me preguntó qué me había parecido la cena.

—Increíble.

—¿Verdad? Es que este sitio nunca falla. El año que viene repetimos.

Miré por la ventanilla.

Después introduje la mano en el bolsillo del abrigo y encontré la tarjeta.

En ella había un número de teléfono y una frase escrita con aquella misma letra inclinada:

«La próxima vez, reserva mesa para dos».

Sonreí.

Marcos encendió la radio.

—¿Qué te hace tanta gracia?

—Nada, cariño. Estaba pensando en el menú.

—¿Te ha gustado?

Volví a mirar la tarjeta.

—Muchísimo.

Y mientras él conducía convencido de que acabábamos de celebrar otro aniversario exactamente igual que los anteriores, comprendí que aquella noche había descubierto dos cosas.

La primera: que llevaba años confundiendo la fidelidad a una tradición con el deseo de repetirla.

La segunda: que, después de doce años pidiendo lo mismo, había encontrado algo que realmente me apetecía.

Saqué el teléfono y escribí:

«Creo que me he quedado con hambre».

La respuesta llegó antes del siguiente semáforo.

«Yo todavía no he cenado».

Y, por primera vez en mucho tiempo, tuve unas ganas inmensas de que llegara mañana.


FIN.   

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